La historia comienza con un hombre sentado junto a un escritorio, frente a una notebook, escribiendo.
No hace falta decir que no hay modo más patético, más miserable o más pusilánime para comenzar una historia que éste, pero se trata de una historia sobre el tiempo, o sobre una lectura del tiempo, o sobre una forma, una óptica desde la cual concebirlo; y se circunscribe por completo al espacio, la existencia, el imaginario, el registro o la naturaleza humanos; o a lo que es susceptible por ellos de ser imaginado, y en tal caso (si en efecto es ese el caso) puede que no corresponda otra forma de comenzar la historia que con un hombre sentado junto a un escritorio, frente a una notebook (cualquier artefacto que sirva para escribir), escribiendo, esto es, anotando cosas para revertir reinventar(se) el flujo de los acontecimientos, o para intentar
-sólo intentar-
demorarlos.
***
Para la transcripción de esta historia las circunstancias deberían ser más o menos específicas. Esto quiere decir -o quiere venir a decir, entre otras cosas- que tal vez no sea posible hacer estas anotaciones en un lugar o situaciones cualesquiera.
Puntualmente, en este caso particular, el hombre que está sentado, de cara a una ventana casi negra, que mira al centro de un conjunto de edificios pero que respecto de la cual decir “mira” es decir algo exagerado, porque la luz con la cual podría mirar no existe y esto sin considerar la imposibilidad de la ventana respecto al acto de mirar [...]. Como sea, en este caso particular, el hombre que está sentado toqueteando, quizá con demasiada delicadeza esa notebook, tiene enfrente una ventana apenas abierta en los extremos, como una pantalla negra que no ve a ninguna parte, un poco por detrás y arriba de la pantalla blanca como un ojo zombie entusiasmado y polvoriento, inamovible, inerte, que le brilla bajo los ojos; los oídos tapados por un par de auriculares (o headphones) que no reproducen música alguna, pero que cumplen el importante papel -o la doble función- de atenuar los sonidos del exterior (sus propias pisadas) y alejarlo -por poco que sea- un poco más del mundo que lo rodea, de todo lo que está afuera.
Este hombre (pero es éste en particular, por muy general que sea alguien así, tan no-descripto, es éste en particular, bajo un conjunto determinado de características y circunstancias) se encuentra en un lugar no distinto a cualquier otro, y en particular, se encuentra bien, se siente cómodo, o seguro, o satisfecho, o cualquier otra cosa parecida, y sabe (o cree saber, por más que no pueda demostrarlo) que estas sensaciones sólo pueden alejarlo de una cierta -llamémosla así por ahora- “lucidez” que está buscando.
¿Sólo en el último grado de abandono, de soledad, de fragilidad y precariedad, podemos reencontrarnos con la especie humana? ¿Es necesario irse hasta el fin del mundo, hasta el edificio que queda en el fin del mundo, para hacerse preguntas existencialistas y darse respuestas obvias?
Estar en el fin del mundo, estar solo, a la deriva, abandonado de todos y de uno mismo, carente de puntos de anclaje, de protección, frágil, precariamente, ¿oculta una lectura más directa, más desvelada, un imaginario, una intuición, una fuerza de seducción centrípeta en cuyo centro sólo hay otra, de entre muchas, ficciones?
***
¿Cuál es el mundo que construye quien no intenta casi ninguna otra cosa más que irse o deconstruir cualquier mundo?
La escritura como contendor, como fiscal, como veedor, como máquina de oposición, como interlocutor insobornable, inflexible, riguroso.
Pero es necesario ir más allá, librarse del acto de hablar, librarse del acto de situarse, de darse un contexto, de rodearse de elementos; de ubicarse en el tiempo y el espacio, de construir una entidad en base a ciertas circunstancias, en base a ciertos entornos, mecanismos y dinámicas, en base a un conjunto de elementos, cuales fueran los que fuesen. Construirse. Evitar. No construir nada. Sobre todo: No construirse uno mismo. No darse un lugar, un espacio, un entorno; un lenguaje.
***
No darse tiempo.
De ser posible, no darse nada.
Si se tiene suficiente suerte, ni siquiera imaginar la propia existencia.
Ya lo dijo Baudrillard.
¿O era Murakami?
***
Basta apagar la luz del cuarto para que el mundo brille como una pecera, como un monstruo lleno de ojos. También para que las polillas, antes entusiasmadas por la luz del cuarto, transporten su entusiasmo al monitor o la pantalla.
Pero está bien, son detalles, en el mejor de los casos, irrelevantes. Sin embargo, el problema de este caso, sea cual sea en particular, es que no se trata definitivamente del mejor de los casos, por usar una lógica que pertenece a Bolaño. ¿Cuál es este caso? ¿Es realmente el peor de los casos? ¿No estamos siempre, por definición, en el peor de los casos posibles? No ya uno, sea quien sea, no este hombre ficticio, no la notebook contra la ventana, no las polillas ni el camión de la basura, no los televisores prendidos a la distancia, no los departamentos oscuros, no las sirenas ni las aves, no los cronistas o los abogados, no los linyeras o los ordenanzas, los historiadores, los caviladores, los sonámbulos, los brokers del mundo financiero, los deportistas, los empresarios, los perros, las plantas, el asfalto, el peso de las baldosas, la radiación, el electromagnetismo, las corrientes de aire, los ciclones, las medallas, los abrazos, el café, la humedad; no cualquiera ni cada una de las cosas sino todo, todos y todo nosotros. ¿No está la realidad, por definición, en su peor estado de cosas, en su peor de los casos posibles?
No hace falta decir que no hay modo más patético, más miserable o más pusilánime para comenzar una historia que éste, pero se trata de una historia sobre el tiempo, o sobre una lectura del tiempo, o sobre una forma, una óptica desde la cual concebirlo; y se circunscribe por completo al espacio, la existencia, el imaginario, el registro o la naturaleza humanos; o a lo que es susceptible por ellos de ser imaginado, y en tal caso (si en efecto es ese el caso) puede que no corresponda otra forma de comenzar la historia que con un hombre sentado junto a un escritorio, frente a una notebook (cualquier artefacto que sirva para escribir), escribiendo, esto es, anotando cosas para revertir reinventar(se) el flujo de los acontecimientos, o para intentar
-sólo intentar-
demorarlos.
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Para la transcripción de esta historia las circunstancias deberían ser más o menos específicas. Esto quiere decir -o quiere venir a decir, entre otras cosas- que tal vez no sea posible hacer estas anotaciones en un lugar o situaciones cualesquiera.
Puntualmente, en este caso particular, el hombre que está sentado, de cara a una ventana casi negra, que mira al centro de un conjunto de edificios pero que respecto de la cual decir “mira” es decir algo exagerado, porque la luz con la cual podría mirar no existe y esto sin considerar la imposibilidad de la ventana respecto al acto de mirar [...]. Como sea, en este caso particular, el hombre que está sentado toqueteando, quizá con demasiada delicadeza esa notebook, tiene enfrente una ventana apenas abierta en los extremos, como una pantalla negra que no ve a ninguna parte, un poco por detrás y arriba de la pantalla blanca como un ojo zombie entusiasmado y polvoriento, inamovible, inerte, que le brilla bajo los ojos; los oídos tapados por un par de auriculares (o headphones) que no reproducen música alguna, pero que cumplen el importante papel -o la doble función- de atenuar los sonidos del exterior (sus propias pisadas) y alejarlo -por poco que sea- un poco más del mundo que lo rodea, de todo lo que está afuera.
Este hombre (pero es éste en particular, por muy general que sea alguien así, tan no-descripto, es éste en particular, bajo un conjunto determinado de características y circunstancias) se encuentra en un lugar no distinto a cualquier otro, y en particular, se encuentra bien, se siente cómodo, o seguro, o satisfecho, o cualquier otra cosa parecida, y sabe (o cree saber, por más que no pueda demostrarlo) que estas sensaciones sólo pueden alejarlo de una cierta -llamémosla así por ahora- “lucidez” que está buscando.
¿Sólo en el último grado de abandono, de soledad, de fragilidad y precariedad, podemos reencontrarnos con la especie humana? ¿Es necesario irse hasta el fin del mundo, hasta el edificio que queda en el fin del mundo, para hacerse preguntas existencialistas y darse respuestas obvias?
Estar en el fin del mundo, estar solo, a la deriva, abandonado de todos y de uno mismo, carente de puntos de anclaje, de protección, frágil, precariamente, ¿oculta una lectura más directa, más desvelada, un imaginario, una intuición, una fuerza de seducción centrípeta en cuyo centro sólo hay otra, de entre muchas, ficciones?
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¿Cuál es el mundo que construye quien no intenta casi ninguna otra cosa más que irse o deconstruir cualquier mundo?
La escritura como contendor, como fiscal, como veedor, como máquina de oposición, como interlocutor insobornable, inflexible, riguroso.
Pero es necesario ir más allá, librarse del acto de hablar, librarse del acto de situarse, de darse un contexto, de rodearse de elementos; de ubicarse en el tiempo y el espacio, de construir una entidad en base a ciertas circunstancias, en base a ciertos entornos, mecanismos y dinámicas, en base a un conjunto de elementos, cuales fueran los que fuesen. Construirse. Evitar. No construir nada. Sobre todo: No construirse uno mismo. No darse un lugar, un espacio, un entorno; un lenguaje.
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No darse tiempo.
De ser posible, no darse nada.
Si se tiene suficiente suerte, ni siquiera imaginar la propia existencia.
Ya lo dijo Baudrillard.
¿O era Murakami?
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Basta apagar la luz del cuarto para que el mundo brille como una pecera, como un monstruo lleno de ojos. También para que las polillas, antes entusiasmadas por la luz del cuarto, transporten su entusiasmo al monitor o la pantalla.
Pero está bien, son detalles, en el mejor de los casos, irrelevantes. Sin embargo, el problema de este caso, sea cual sea en particular, es que no se trata definitivamente del mejor de los casos, por usar una lógica que pertenece a Bolaño. ¿Cuál es este caso? ¿Es realmente el peor de los casos? ¿No estamos siempre, por definición, en el peor de los casos posibles? No ya uno, sea quien sea, no este hombre ficticio, no la notebook contra la ventana, no las polillas ni el camión de la basura, no los televisores prendidos a la distancia, no los departamentos oscuros, no las sirenas ni las aves, no los cronistas o los abogados, no los linyeras o los ordenanzas, los historiadores, los caviladores, los sonámbulos, los brokers del mundo financiero, los deportistas, los empresarios, los perros, las plantas, el asfalto, el peso de las baldosas, la radiación, el electromagnetismo, las corrientes de aire, los ciclones, las medallas, los abrazos, el café, la humedad; no cualquiera ni cada una de las cosas sino todo, todos y todo nosotros. ¿No está la realidad, por definición, en su peor estado de cosas, en su peor de los casos posibles?
¿No es éste el hecho de no poder escapar de sí misma?
***
Un lugar no es un lugar, es la imaginación de un lugar; y la imaginación se construye de lugares donde uno ha estado o de lugares que uno ha imaginado.
Deacuerdo.
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La escritura como interlocutor... ¿insobornable? Insoportable. Como mecanógrafa de juzgado.
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El punto es que el tipo está solo, le cuesta escribir (le cuesta atinar con precisión a las teclas, ajustarse a la falta de ergonomía del teclado) y se pregunta si tiene sentido algo de lo que está pensando, de lo que está suponiendo, de lo que está imaginando, o de lo que intenta investigar. El punto, como casi siempre, es que el tipo está solo y fijando la mirada en cualquier parte se pregunta qué misterio esconde todo lo que él llama “realidad” o “estar vivo”. El punto, como siempre, es la tenacidad, la persistencia, la obstinación o la estupidez. Pongamos que la ignorancia. Pongamos que un error de diseño. Una mutación ventajosa. Una ventaja adaptativa. Pongamos eso. Pongamos de momento alguna cosa.
La escritura en el trapecio, el hombre sentado un luchador por antonomasia. El tiempo, constancia y rigor.
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ResponderSuprimirGracias por los comments, Beatrix. Saludos!