Primer entrada.
Para pasar el tiempo. Para apurar el paso ineludible del tiempo, era que nos juntábamos.
Teníamos un lugar particular, privado, incluso diría secreto, donde podíamos vernos las caras a la luz de las linternas.
A veces, si no habían muchas nubes, entraban por la ventana hilos o rayos de una luna blanca, difusa, hiriente. Pero hiriente para bien. Hiriente para adentro. Hiriente para nosotros.
Abría cauces cegados, surcos en la carne y las arterias; abría por todo el cuerpo cauces cegados.
¿De qué? ¿De emociones? ¿De energías? ¿De un particular sentido del olfato?
Nos mirábamos las manos y en ellas las luces, las lunas o las luciérnagas. Las ventanas abiertas al aire que pasaba acariciándonos la piel, los ojos, las cejas. El dorso y la palma de las manos. Nuestras nucas. Como besadas por el aire-aliento de la noche. Como borradas.
6 de Febrero de 2009.
Cuando creí que teníamos suficiente, que a cada uno le bastaba con el otro, vinieron de afuera a llamarnos a la puerta.
Cerramos los cajones, las alacenas, los cofres y ventanas. Apagamos las luces, los cerillos, la luna, las luciérnagas.
Hicimos silencio y esperamos. Esperamos otros ruidos, algún gesto, una señal, algún señuelo. Esperamos tomados de las manos, quietos, mudos, respirando a duras penas (apenas) lo estrictamente necesario para no desmayarnos.
Los ruidos cesaron lentamente. Escuchamos pasos que se iban, que de a poco aumentaban la distancia entre ellos y nosotros.
Lejos quedaban también las voces. Voces atipladas, voces disonantes, voces roncas, crispa-nervio, fuerza-laringe, irritalagarganta (a veces la base o nacimiento del paladar). Voces desgarradas, voces cínicas o hirientes. Voces que chirrían, impostadas a la fuerza, voces-ecos-voces, pozos-huecos-voces, pero pozos extremadamente fáciles de sondear y dar con tierra. Pozos huecos, pozos sin fondo. Voces sin fondo. Alejándose por un pasillo que cuidábamos no ver.
Lo único que vale, lo único que importa. Está aquí. Está en nosotros. Entre estas cuatro paredes.
Un piso. Un techo. Una cama. Las ventanas. Un somero, acotado afuera; ilimitado a discreción.
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