Me acordé porque el sol estaba medio pálido, de un color lila-violáceo, más que el orange habitual. Y escuchaba algo entre hip-hop y rock-pop y la verdad, uno ya no sabe cuántos nombres saberse para nombrar bien a las cosas.
De nuevo, me pregunto si no será que hay demasiadas palabras demasiado claras y muy pocas de las bien difusas, útiles para nombrar todo lo otro, o ni siquiera, pero por lo menos un sol violáceo, entre color de orilla y tarde amansada, color de piel al sol, a unos 28º C, a despedida sencilla y afectuosa. Y negros cantando a coro, batas sampleadas, un par de synte’s; mucha onda.
Groove.
Y sigamos agregando.
Cuando pienso en los andenes, o las horas que eran previas a encontrarte se me mueve entre la piel y la carne una segunda piel muy parecida a tenerte cerca.
Te hablo a vos porque es ocioso, pero tal vez sería más ocioso dejar de hacerlo.
Voy a optar por el punto medio, voy a contarte esto de otra manera.
Ya ves que no hay motivos para asustarse. El tiempo que pasamos juntos no era garantía de nada, y sin embargo, está bien, está muy bien habernos juntado alguna vez. Poder recordar el enredo.
Hay hombres que se llenan de alcohol para vaciarse de una mujer, otros que se van de putas, otros que se mienten, otros que no las dejan entrar nunca. Yo me tuve que inventar toda una vida, un nivel más alto de realidad, una filosofía, todo un sistema de creencias, una verdad, varias verdades, todas amontonadas, cada una más grande que la anterior. Así ha sido siempre.
23 años más tarde me pregunto si será siempre así, si lo único en esta vida que podrá derrumbarme toda la acrópolis será siempre una mujer.
Pero bueno, de todos los males posibles, tampoco está tan mal.
Vuelvo a mirar el paso que nos fue acercando.
Tiempo delante, luces detrás, como si nos estuvieran cazando. Tiempo de que no haya tiempo, así nos fuimos mezclando el uno con el otro.
Lo de los climas, lo de las horas, el diálogo y las cenas compartidas, los instantes reposados de encontrarnos mucho más cerca que un segundo antes, me fueron dibujando tu persona, lo poco que sabía de vos. Ahora me pregunto si alguna vez supe algo, y creo que no me engaño si respondo afirmativamente.
pienso en el tiempo que nos debemos
en las horas que dedicamos
torpes al olvido
al juego de roles
a la cómoda ficción
de unas gentes que no somos
cuando arañarte hubiera sido un viaje
un paseo a la intemperie
tener que andar cuidando
las palabras
las miradas
tanto afecto contenido
agarrotado
lívidos de alegría
cómplices en cada guiño
en tu juego de palabras
y mi carencia de juegos
(y a menudo de palabras)
cálidos como nidos
ciegos atropellos
el saludo a cualquier hora
el beso esquivo
tu piel errónea
equívoca
el curso mal planeado y peor ejecutado
que al final siguen mis manos
lo que siento adentro mío
como ausencia
es la falta de tu pulso
tu manía de echar luces
de barrer las telarañas
de tenerme despierto
a cualquier hora
despistado
convencido
Cuando arrimo el paso de tu voz, me vuelvo a encontrar en la playa, solo. Pero no tiene ni forma esto así, así como lo estoy diciendo.
Paso en el piano el silbador y vuelvo; ahora, con el teclado sobre el teclado cada espacio es una nota, aunque siempre la misma, y se suma que decida no darle ninguna forma, dejar un rastro de postales, un reguero, señales para andar evitando, las luces de la noche, señuelos para pescar, algún hocico precipitado. Después de todo estoy muy sano, nada me duele. Se hace un poco desastroso tratar de decir cosas cuando no se tiene nada que decir. Pensé en hablarte de vos, de nosotros, contarte algo mío, pero francamente, estas formas están agotadas. Hará falta insistir por otro lado, darse una vuelta con otra tuerca.
Besos, dear.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada